Como resultado
de la noche anterior y en tanto el sol tocó las colinas del norte, Augusto se
dirigió raudo a la casa de Melquiades. Llamo a la puerta de forma sigilosa,
como usualmente lo hacía para no llamar la atención. Al abrir, no hubo tiempo
para cruzar palabras, dado que el sacerdote entró a la casa sin esperar
invitación alguna (algo usual dada la autoridad que tenía en el pueblo). Al
llegar al salón, Augusto se cruzó con la criada de Melquiades, a la cual
rápidamente sacó del lugar ordenándole que le trajera un vaso de vino, luego se
sentó en el sillón y se dirigió a Melquiades, quien acababa de incorporarse al
salón.
-
Ya no seguirás
interviniendo con los muchachos de Joaquín y Joel. No les darás más tratamiento
alguno y si llegan a cuestionar tu decisión les dirás que te sientes totalmente
incompetente para diagnosticarlos.
Melquiades
se quedó totalmente quieto, casi petrificado por lo que acababa de escuchar. Y
antes de que pudiera pronunciar palabra alguna Augusto prosiguió:
-
Esto es obra del mismísimo
Lucifer. Anoche tuve una visión del creador, en que apuntaba a Joaquín Jr y
Gracia como próceres del demonio, sus esclavos hechos carne. Eso explicaría
porque tuvieron que tomar las vidas de sus madres para poder pasar a este
mundo. ¡Son simples marionetas Melquiades! ¡Muñecos del inframundo! Pero ya sé
cómo salvar sus almas, solo que debemos actuar pronto.
Melquiades
se resistía en su interior, no podía concebir el que no hubiera una explicación
médica para lo que aquellos muchachos vivían, pero aunque tuviese un millón de
argumentos realmente convincentes en ese momento, nada haría que le respondiese
directamente a Augusto, dado que sabía perfectamente las consecuencias que eso
le podría traer. Luego de asentir ante la inusual orden de Augusto, este último
se dio media vuelta y abandonó la casa de Melquiades sin esperar mayor respuesta.
No quedaba dudas de que Melquiades o cualquier otro ciudadano jamás se
resistirían a una orden directa de Augusto.
Al día
siguiente era la congregación del miércoles en la iglesia, una ceremonia a la
que por ley todos los habitantes del pueblo debían asistir, sin excusa alguna.
La ceremonia comenzó con normalidad: las palabras iniciales de aquellos
escogidos por el alcalde, quienes daban gracias por las buenas cosechas, por la
felicidad y por la salud de sus familias, por el bienestar de la comunidad, por
los buenos tiempos, etc. pero algo era distinto aquella ceremonia, algo que
claramente se veía en la expresión de Augusto y de Ramiro, el alcalde del
pueblo. Y es que, cuando llegó el momento en que Augusto se dirigía al pueblo, subió
al podio y con la frente en alto e inhalando una gran cantidad de aire, capturó
la atención de todos con sus palabras:
“Hoy nuestro pueblo se
ve enfrentado al mal, en carne y espíritu. Hoy nuestras almas peligran ante el
acecho inminente de aquel que se atrevió a desafiar al creador. Hoy como nunca
nuestro pueblo peligra su prosperidad y los buenos tiempos. Hoy el mismo
lucifer, quien se atrevió a revelarse contra el creador y llevarse a un tercio
de los ángeles al abismo se encuentra entre nosotros…”
Con cada
palabra que salía de la boca de Augusto, crecía el miedo en los ojos de los
habitantes del pueblo. Se veía en sus caras la credibilidad del relato del
sacerdote así como también el miedo que era capaz de infundir en los habitantes
del pueblo, todos los rostros expresaban miedo a excepción del de Melquiades,
quien aunque oía con atención, no expresaba el miedo como los demás,
posiblemente por que primaba su lógica. Melquiades cuestionaba cada palabra que
salía de la boca de Augusto, tenía al menos cinco argumentos razonables para
uno de los que el sacerdote decía con efusividad. Eso al menos hasta que un
repentino cambio en el tono de Augusto lo desconcentró:
“Hoy los mismos
demonios se han infiltrado en nuestra iglesia, disfrazados de tiernas ovejas
del rebaño del creador… quieren hacernos caer cuando estemos débiles, cuando
demos vuelta la espalda!!, pero no dejaremos que hoy Lucifer tome nuestra
iglesia, no permitiremos que tome nuestra fe!!. Es por esto que hoy en nombre
del mismísimo creador y de todas las obras propias de la creación y del poder
que el mismo me ha otorgado, condeno a Joaquín Jr Celestino y Gracia Asunción a
vivir en penitencia por sus actos, atroces ante la mirada del creador, y a
recibir el castigo apropiado para expulsar, de una vez y para siempre, a los ángeles
caídos que lucifer ha enviado a poseer sus cuerpos”.
Una
sensación de desesperación, miedo, odio e instinto asesino se percibía en la
iglesia. Al terminar sus palabras, Augusto señalo a los muchachos a la vez que
todos los presentes se volteaban a mirarlos. El poder del sacerdote sobre el
pueblo era inmenso, pero cada habitante tomaba sus palabras de forma diferente,
Julia por ejemplo, sintió una sensación de temor tan grande en ese momento que
solo se desmayó ante la atónita mirada de su esposo Jarier, quien ni siquiera
reacciono al ver caer a su esposa dado que la ira que sentía en ese momento
solo le permitía concentrarse en los pequeños Joaquín y Gracia, y en la carga
que dejaban sobre el pueblo. El herrero Antonio por su parte, se sintió
culpable dado que pensó que todo esto se debía a la cantidad de pecados que los
habitantes del pueblo habían cometido, siendo el momento de comenzar a rendir
cuentas al creador… con esto en su mente y con su mirada completamente perdida,
cayó al suelo sobre sus rodillas y desconsolado comenzó a pedir perdón entre lágrimas
y sollozos, a lo cual se sumaron gran parte de los presentes en ese momento,
solo unos pocos permanecieron de pie aunque sin quitar la mirada iracunda que
mantenían sobre los muchachos. Entre estas miradas estaba la de Joaquín
Celestino Padre, quién confirmaba lo que ya pensaba y que en ese momento
dividía el odio que sentía entre su hijo y su propia persona, al haber
engendrado algo tan maligno, así como perder al amor de su vida. Por su parte
Joel, se encontraba totalmente dividido, claramente no era indiferente a las
palabras de Augusto, pero era de su propia hija de quien estaba hablando… una
mezcla de odio y amor invadía su corazón, sentimientos que no sabía con
claridad a quien dirigir… el creador, su pequeña, el pueblo, Augusto… muchas
direcciones y por más que trataba no podía actuar.
Fue en ese
momento en que, cuando ya parecía que la esperanza se había evaporado de la
iglesia, al fondo del pasillo, desde el mismo altar, se alza la voz de Augusto
con fervor y más convicción que nunca:
- Atrapen
de inmediato a los muchachos, debemos comenzar su penitencia en este mismo instante
o nuestro pueblo caerá en la desesperanza y atraerá a los ángeles caídos del
creador… ¡Joseph, Gritta! ¡Atrapen a los muchachos de inmediato!
Raudos ante la feroz orden de Augusto, los cuidadores de la iglesia
apresaron inmediatamente entre sus brazos a los pequeños, quienes ante el grito
de Augusto acababan de oponer una débil resistencia. Eran muy pequeños para zafarse
de los cuidadores, por lo que solo forcejearon unos instantes hasta que la
presencia de Augusto frente a ellos los paralizó.
- Llévense
a los muchachos a los calabozos de la torre norte, de ahí no saldrán hasta que
cumplan los 25 años, edad en la que deberán demostrar su fe ante nosotros y
ante el creador. Será en ese momento en que el creador decidirá su destino, eso
es lo que sus lacayos me han revelado a través de una visión… ¡Esa es la
voluntad del creador! (dijo enaltando su tono de voz nuevamente) ¡Así todo el
pueblo será perdonado!!
Sus palabras fueron como un gran rayo de esperanza para las
personas del pueblo. Había aún una posibilidad, había esperanza, pero por sobre
todo, había un líder que les ofrecía salvación… Nadie dudo en la habitación a
excepción de Joel, quien en el momento en que se llevaban a Gracia se abalanzó
sobre Joseph lanzándolo inmediatamente al suelo y liberando a su hija de sus
manos… Desafortunadamente no pasó mucho tiempo antes que desde la tercera fila
de las bancas se escuchara una voz que hasta el momento se mantenía callada.
Era Ramiro, quien en un tono de severidad absoluta se dirigió hacia Joel:
- ¡Quien
desafía la orden directa del creador, desafía la ley misma del pueblo en su
grado máximo!. Como Alcalde te ordeno que dejes ir a esta niña a cumplir con
los mandatos del creador para que sea purificada de una vez por todas, ¡Es una
orden!
Su última frase fue un eco en el salón, pero no logró intimidar
ni un momento a Joel, quien se mantenía de rodillas abrasando a su pequeña hija
y manteniéndola en su pecho. Como claro desafío a la ley, Ramiro se acercó a
Joel y enérgicamente le lanzó una patada en el rostro de aquel hombre, quien a
causa del impacto cayó al suelo inmediatamente, despegando a Gracia de su
cuerpo. Solo basto una señal para que quienes se encontraban más próximos a
Joel lo sujetaran para reducirlo, uno de ellos fue el mismísimo Joaquín Padre.
Teniendo la situación bajo control, Ramiro sentenció:
- Por
desafiar la ley del pueblo y las ordenanzas del mismísimo creador, te condeno
Joel Asunción a morir por la mano del creador.
El pavor que sintió Joel en ese momento fue reflejado
inmediatamente en su rostro. Estaba desesperado, forcejeó con sus custodios
pero nada tuvo resultado, entendió que por más que forcejeara su lucha sería
con el pueblo completo, por lo que bajo ninguna circunstancia ganaría. Ya con
la mirada baja y totalmente entregado a lo que le esperaba, levantó la cabeza y
dirigió sus últimas palabras a Joaquín Padre, quien se encontraba a su derecha.
De sus labios ya cansados solo se escuchó escuetamente: “es tu hijo”, mientras
que sin meditarlo mucho, Joaquín le respondió: “y no sabes lo culpable que me
siento de eso”.
En la siguiente hora Joel pereció ante el mayor castigo que
alguien podía recibir en el pueblo, el de la mano del creador, que consistía en
atar manos y pies a 4 caballos, quienes al mismo tiempo jalarían de sus
miembros hasta separarlos del cuerpo mientras el torso era apedreado por los
habitantes del pueblo… La imagen de tan macabra escena era tan aterradora que
se asimilaba a un objeto que es aplastado, en este caso con la mano del creador,
de ahí que el pueblo le haya otorgado tal nombre.
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