El
diagnóstico de Augusto coincidía exactamente con lo que Joaquín quería oír, su
esposa era un alma en pena que no quería dejar el mundo de los vivos dado que
su muerte fue anticipada, por lo que hacía pagar a Joaquín Jr, quien de acuerdo
a la visión de su padre, le habría dado muerte con su nacimiento. Ante esto,
Augusto ordeno al pequeño Joaquín que pagara con una jornada de oración
permanente en la iglesia hasta que el alma de su madre lo perdonara y decidiera
irse con el creador. Mientras tanto, al mismo tiempo en la casa de Melquiades
el diagnóstico fue absolutamente distinto. Este le diagnostico un daño al
tímpano que hacía que Gracia oyera permanentemente un pequeño pitido que ella
asociaba con una melodía, lo cual pudo haberse originado por algún golpe que provocado
en descuido de su criada mientras jugaba, lo cual se curaría con un par de días
de descanso aislado.
A medida
que los pequeños crecían se hacía más difícil pasar tiempo juntos, dado que sus
criadas pensaban que el tenerlos unidos potenciaba el que escucharan esos
sonidos. Pero a estar más grandes fue más difícil el controlarlos. Joaquín y
Gracia solían escaparse para jugar o simplemente para conversar con la gente
del pueblo. Eran muy curiosos y les gustaba aprender lo que hacían los demás,
pero desafortunadamente nadie en el pueblo tenía respuesta ante las
interrogantes de los pequeños por los sonidos que oían, es más, estas
interrogantes se hicieron tan frecuentes que no había nadie en el pueblo que no
supiera lo que los pequeños oían y para desgracia de ellos, Augusto y Ramiro
también sabían.
Ante esta
situación, una noche de 5 de Octubre, mientras todos dormían, dos personas se
reunían para discutir en evidente secreto la situación por la que pasaba el
pueblo y las posibles consecuencias que eso tendría para mantener el orden
social que imperaba allí. Augusto y Ramiro se reunirían en una sala secreta de
las catacumbas de la iglesia del pueblo donde nadie aparte de Augusto tenía
acceso. Bajaron las escaleras de piedra caliza hasta un pasillo muy largo y
oscuro, donde lo único que daba luz era la antorcha que Augusto llevaba en su
mano. En las paredes se podían ver los nombres de las personas que yacían ahí, así
como también los cuerpos deteriorados de aquellas tumbas más antiguas que ya se
habían despedazado con el tiempo. El pasillo parecía interminable, hasta que
llegaron al punto en que no se podía distinguir nada detrás de ellos ni nada
hacia delante, nada más que la oscuridad de las catacumbas, el frio y la
humedad. Siguieron caminando un par de metros hasta llegar al muro que fijaba
el termino del pasillo, por el cual, a través de un desnivel en el mismo muro
podían acceder a esta habitación secreta. Allí contaban con una mesa y dos
sillas, así como también un escritorio y una repisa llena de documentos
empolvados y viejos que seguramente ellos y sus antecesores se habían encargado
de apilar cuidadosamente a lo largo de los años. Un silencio reinó en la
habitación por unos segundos… eso hasta la intervención de Augusto:
-Supongo que estás al tanto de los rumores acerca de los hijos de
Joaquin y Joel. ¿Has pensado en qué medida debemos tomar al respecto? No debo recordarte
que esto no puede escapar de nuestras manos, debemos mantener el control!.
El tono de
severidad de Augusto solo era indicio de que la situación era mucho más grave
de lo que parecía. Aun así, Ramiro se llevó una mano a su mentón con calma
aunque su expresión era de total preocupación, se veía que el tema ameritaba
una respuesta concisa y definitiva, no había tiempo para dudas y Ramiro no era
de las personas que las tendría al tomar una decisión, al contrario, estaba
acostumbrado a tomar planes de acción bajo estos niveles de presión.
-Por supuesto que no va a volver a pasar absolutamente nada (dijo
con su voz ronca y en un tono pasivo y severo a la vez), recuerda que nuestras
familias construyeron este pueblo pensando en la posibilidad de que esto
sucediese, ya tenemos todos los resguardos necesarios, no es necesario tomar
medidas adicionales.
-¿Es que no entiendes la situación?, la gente del pueblo ha
comenzado a cuestionar. Tan solo esta semana he confesado a Josefina Custine,
Arturo Diaz y Juan Bautista, todos ya han comenzado a sospechar que algo
extraño está sucediendo. No pasará mucho tiempo antes de que alguno se atreva a
escalar la colina, ¡te lo aseguro!.
Si bien
Ramiro consideraba que no había nada de qué preocuparse, optó por acabar con el
problema de raíz cuanto antes, evitándose así un posible dolor de cabeza mayor
en un par de años y al mismo tiempo, calmar los temores de Augusto, que para
bien o para mal le permitía asegurar un pueblo en calma.
-Está bien, dijo Ramiro escuetamente. Procede entonces.
La noche
se volvió extensa. Este 6 de Octubre marcaba un nuevo hito en la larga historia
del pueblo (aunque en verdad nadie lo supiese).
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